Este cuento sitúa a personas muy distintas que no conocen un idioma en común pero se entienden. Elisa pensó en los bombardeos a Líbano cuando lo escribió.
Compañeros
“Maktub” dijo Deirdre y nadie supo lo que quería decir. Pero ninguno se animó a mencionarlo.
Estaban sentados de piernas cruzadas, en el suelo, sobre almohadones.
Era una reunión pequeña, en un cuarto angosto, sin otros muebles que una mesita de patas cortas.
Mr. Abdul sirvió el té con parsimonia. Le gustaba ser parsimonioso. Le daba cierta importancia que de otra manera no lograba.
Don Pomelo agradeció la tacita que le ofreció y llevó la humeante tisana a sus labios.
Mr. Pub sonrió placidamente, como siempre, ante cualquiera que le dirigiera la mirada.
Cada uno a la vez aceptó la taza de aromático té oriental y todos bebieron en silencio.
Esa palabra, “Maktub”, resonaba dentro del cuarto como si los ecos chocaran y rebotaran en las paredes para volver en pequeñísimas oleadas: Maktub...Maktub...tub...tub...
Deirdre era la única mujer, en realidad casi una niña. Los hombres, de edad madura, curtidos por el sol del desierto o el viento de las montañas.
No hablaban porque no conocían sus lenguas, todos extranjeros, obligados a la convivencia por la circunstancia de estar atrapados.
La repentina escalada de hostilidades, ya una guerra abierta, los enterró en el sótano de un edificio céntrico.
Deirdre estaba de vacaciones con sus padres. Hacía una semana que no los veía y sentía que siempre había vivido en ese sótano con esos hombres de quienes nada sabía, excepto que eran amables y extranjeros.
Ella les puso esos nombre porque no les entendió lo que decían y los sonidos asemejaron esas palabras: Mr. Pub, Don Pomelo.
Abdul fue el único nombre que ella reconoció.
Mr. Abdul vivía en ese sótano y por suerte estaba bien equipado. No habían sufrido hambre, ni sed, y por fortuna no les faltaba el aire. Mr. Abdul, como perenne anfitrión, los hacía sentir lo más cómodos posible, pero era obvio que cuidaba bien de que las raciones fueran pequeñas.
Lo más extraño era el silencio luego de las aterradoras bombas y el estruendo de los derrumbes.
Al principio Deirdre lloró mucho, de miedo y de angustia por su vida y la de sus padres. Extrañó los mimos de su madre y la cama suave del pequeño hotel. Sus padres la dejaron durmiendo y salieron a hacer unas compras, regalos para llevar de vuelta a casa. Pero justo entonces, en medio del estruendo Deirdre despertó asustada cuando el conserje del hotel los hizo evacuar hacia el sótano.
Solo algunos llegaron antes del derrumbe. Eran los que estaban sentados allí bebiendo té junto a Abdul que hacía pequeños trabajos de mantenimiento en el hotel y vivía en el sótano.
Al cabo de una semana Abdul, con gran ceremonia, trajo una caja que apoyó en la pequeña mesa. Todos miraron expectantes y cuando Abdul abrió la tapa hubo varias exclamaciones de ahh y ohh. Era un instrumento musical de madera y varias cuerdas que resultó ser un verdadero bálsamo para sus compañeros. Era Abdul además un eximio ejecutante y la monotonía de la vida sin días y sin noches comenzó a tener el ritmo de esperar con ansias la hora del concierto.
Para Deirdre era una música tan extraña como el instrumento, pero, desde el primer momento, se mostró extasiada, y al pasar de los días Mr. Abdul comenzó a enseñarle algo del arte de sacar sonidos de esa caja y ella resultó una excelente alumna.
Mr. Pub aplaudía con entusiasmo los esfuerzos musicales de Deirdre, y Don Pomelo a veces tarareaba acompañando la música de Abdul.
Mas o menos a las dos semanas de convivencia, Mr. Pub comenzó a enfermar. No sabían qué tenía pero él mostró que se había quedado sin sus medicamentos. Se lo veía pálido, de ojos cansados y con las manos y los pies hinchados.
Un día dejó de levantarse y casi no comía. Deirdre tuvo miedo de que uno a uno fueran muriendo hasta quedar ella sola. Le tenía más miedo a eso que a morir. Pensar en estar sola en el silencio de ese sótano, rodeada de sus amigos muertos... todos muertos sin volver a ver el sol.
Mr. Abdul cuidó de Mr. Pub. Le daba de beber infusiones de raras hierbas de a sorbitos con una cucharita. Le ponía paños fríos en la cabeza y un ladrillo caliente en los pies. Le daba masajes con aceites de extraños aromas, y, un día, Mr. Pub, en lugar de morir, se levantó con mejor semblante. Dos días más tarde esbozó nuevamente su plácida sonrisa y Deirdre y los demás supieron que la crisis había pasado.
A fuerza de señas, todos iban aprendiendo palabras en los distintos idiomas. Deirdre le enseñaba su extraño y gutural holandés y los otros sus distintas lenguas orientales: como golpeteos metálicos unas, y como sibilancias del viento otras.
Mr. Abdul y Don Pomelo tenían relojes y anotaban cosas en un cuaderno que debió ser de Abdul pero que él compartía con Don Pomelo. Ellos sabían las horas y días que lentamente iban pasando.
Deirdre se dejó llevar. Aceptó la sucesión de tareas en lugar del ritmo del día y de la noche. Cuando Don Pomelo indicaba, se iban a dormir o se levantaban. Cuando Mr. Abdul les servía alimentos, comían.
Ella y Mr. Pub estaban satisfechos de ser llevados así, de la mano de sus compañeros, por ese largo camino de aguante, de espera a que alguien los rescate.
Fue durante la hora musical del día 19 que de repente Mr. Abdul se quedó inmóvil, pétreo. Todos lo miraron sin entender hasta que ellos mismos escucharon un TOC – TOC .... CLIC – CLIC.......TOC – TOC.
Don Pomelo comenzó a gritar a todo pulmón y todos reían y lloraban a la vez. Mr. Abdul golpeó también la pared con un martillo y los ruidos establecieron íntimo intercambio de información.
Maktub quiere decir estaba escrito.
lunes, 5 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario